1º- Me senté en un banco de granito, a las afuera de París. Un parque más bien solitario a esas horas. Momento que me brindó la oportunidad de escuchar el silencio de la ciudad en la lejanía, las enmohecidas luces del otoño, rengueaban a lo lejos en una amarillo anaranjado, como un fuego mortecino. Pienso que no son momentos de estar allí, sentado...de hecho alejo un miedo y sin desearlo, dejo entrar un par de ellos más.
Un hombre pasa en un “motocarro” con una carga peculiar, restos de chatarra y cobre...me pregunto que hago aquí, no obtengo respuesta, se que debo estar es mi sino.
El aire por coincidencias de la humedad y el suave viento, mecía suavemente las hojas inferiores de los Álamos del paseo, éste hacía que la brisa rodeara mi cara como una caricia extraordinariamente sensual, agradecido me levanté y caminé, caminé en dirección a la ciudad, sin rumbo, pero en dirección a las luces.
2º - Después de un despertar retorcido, doloroso de posturas inimaginables, sobre todo por que estaba dormido, supuse que ni el mejor de los contorsionistas, ¡A quien se le ocurre dormir sobre los peldaños de una escalera que accedían a una casa del Parque, era una escalera poco confortable!. Situada en el rincón del interior de un portal a doscientos metros del banco de piedra, no había caminado mucho, no, no fue mucho el caminar, en dirección a las luces...el sol ya golpeaban las altas chimeneas del viejo Paris de los extrarradios, cuando abrí los ojos, el parque había perdido el encanto de la noche anterior y ahora en vez de luces mortecinas había un brillo solar sobre cada farol. Es curioso la humedad otoñal de Paris, historias de ciudades y épocas olvidadas, rememorada solo por aquellos que, de alguna manera se sintieron atraídos por la fiebre bohemia, intentando evocar el mundo del arte y de las sensibilidades a flor de piel, algunos de estos pintores o músicos resistiendo, que mantienen la tradición durante el día se colocan en una hilera como si de una grácil exposición de marionetas venidos a menos se tratara. Recogiendo hálitos de la vespertina vieja ciudad. Bien conocidas por todos los transeúntes que gustaban y gustan de ver aquellos magníficos diestros del pincel o de las notas. Hoy después de algún tiempo, solo veo salir de los portales donde cada noche, la lascivia en penumbras, en la escondida y peligrosa vivencia del engaño, apresurados amantes a los que se les agota las “Horas de trabajo nocturno” y deben llegarse hasta los brazos de sus esposas. Veo a las putas en bata de colores con un cincho de tela alrededor del talle, unas abren las ventanas y otras abren los ojos, veo que algunas cosas nunca cambian
Otro pasó a la vida. Capotazo de bramido de animal herido, por la decadencia de los barrenderos del gris humo que desprende la codicia, sustituyendo lo bello por lo bonito, lo hermoso por la salud engordada, en todos los sentidos, que en lugar de escobones, portan carteras de cuero, dirigiéndose a la Bolsa, al Banco a la empresa en crecimiento son los expertos en merchandise..
3º- Entre la urbe y la estación se me atraviesa una parada de trenes, esas cosas largas, metálicas y pesadas que recorren las ciudades. Alguien me invita a subir, es una señora de edad muy avanzada, como un resorte, haciendo gala de mi “agilidad felina” subo casi sin pensarlo y camino entre dos filas de sillas perfectamente colocadas, me decido por una y me aparto para ceder el paso a la mujer que está detrás de mi, no está.
Supongo que habrá tomado otro vagón, me quedo en silencio internamente y me quedo solo ante el desfile inmóvil de la formación de sillas de color marrón y beige. Pienso.
¿Una nueva ciudad, un nuevo lugar?, pero mi cansancio no me permite decidir cual, por lo que de momento, viajaré en este tren.
PP Rodrígue
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